Los bancos centrales deben replantearse su forma de comunicarse
La comunicación es fundamental para una política eficaz y las redes sociales no son solo un canal de comunicación, sino un espacio para el diálogo, un circuito de retroalimentación y un campo de batalla para la reputación, escribe Biagio Bossone.
En las últimas dos décadas, los bancos centrales se han vuelto más transparentes que nunca. Publican proyecciones de tipos de interés, celebran ruedas de prensa, publican actas detalladas y llevan a cabo amplias campañas de divulgación. Sin embargo, como deja claro el reciente artículo de VoxEU «Fed communication for all – but understood by few» (Comunicación de la Fed para todos, pero entendida por pocos), esta transparencia a menudo no se traduce en comprensión por parte del público. La mayoría de los ciudadanos no entienden los mensajes de los bancos centrales y, en muchos casos, los malinterpretan.
Esta desconexión no es solo un fallo de comunicación, sino que socava los cimientos de la política monetaria. La banca central moderna depende en gran medida de la gestión de las expectativas. Si el público malinterpreta los objetivos o las herramientas del banco, el mecanismo de transmisión se debilita. A medida que la credibilidad se tambalea, también lo hace la eficacia de la política.
La comunicación como nuevo instrumento
En el centro de este problema se encuentra un cambio fundamental en el papel de la comunicación. Si antes servía simplemente para explicar las decisiones a posteriori, hoy en día es un componente central de la propia política. Gestionar las expectativas significa moldear las creencias, y moldear las creencias requiere ser comprendido. La brecha entre los mensajes de los expertos y la comprensión del público no es benigna, sino una vulnerabilidad creciente. El canal de las expectativas, un pilar fundamental de la política monetaria, no puede funcionar si su público desconecta o malinterpreta la señal.
Investigaciones recientes ilustran esta tensión. Coibion et al (2022) demuestran que las mejoras en la comprensión pública de los objetivos del banco central pueden alinear significativamente las expectativas de inflación con los objetivos. Por su parte, Blinder et al (2024) muestran que, aunque los bancos centrales se esfuerzan cada vez más por comunicarse con el público en general, sus mensajes —a menudo basados en enfoques diseñados para los mercados financieros— tienden a abrumar o pasar por alto a las audiencias no expertas, lo que limita su eficacia. La audiencia real de la comunicación de los bancos centrales dista mucho de ser homogénea y es mucho menos fluida en la jerga económica de lo que muchos suponen.
Las teorías respaldan estas conclusiones empíricas. Según la teoría de la inatención racional de Sim, las personas distribuyen su limitada atención entre señales que compiten entre sí. Cuando las comunicaciones de los bancos centrales son demasiado técnicas, abstractas o prolijas, se filtran —a menudo de forma racional— en favor de narrativas más vívidas o accesibles, que pueden ser engañosas o falsas. En este mundo, la comunicación no solo debe informar, sino que debe llamar la atención e invitar a la comprensión.
De los mensajes tecnocráticos a la participación pública
Sin embargo, la comunicación de los bancos centrales sigue siendo obstinadamente tecnocrática. Las orientaciones futuras suelen expresarse en un lenguaje ambiguo. Las decisiones políticas se ocultan en declaraciones densas. Y la cobertura mediática suele reciclar la jerga en lugar de traducirla. Esto crea una distorsión en varios niveles: incluso cuando las personas buscan información, a menudo se encuentran con una cascada de complejidad. Si la comunicación es política, entonces la comunicación opaca es mala política.
Entonces, ¿qué pueden hacer los bancos centrales? La respuesta no está en comunicar más, sino en comunicar mejor: con un diseño estratégico, probado empíricamente y consciente de la audiencia. El KnowledgeBank del Banco de Inglaterra y el Museo del Banco de Canadá muestran cómo las herramientas multimedia pueden traducir la política en comprensión pública. El portal de datos del Banco Nacional Suizo y la plataforma de estadísticas del Sveriges Riksbank ofrecen paneles interactivos que hacen que los indicadores macroeconómicos sean comprensibles para los no expertos. La plataforma FRED del Banco de la Reserva Federal de St. Louis proporciona una interfaz accesible para explorar miles de series temporales económicas y es muy utilizada tanto por educadores como por periodistas. No se trata de complementos superficiales, sino que representan un cambio importante en la forma en que debe comunicarse la política monetaria: de forma visual, narrativa e interactiva. Encarnan un futuro de la comunicación de los bancos centrales en el que la comprensión del público no se trata como una aspiración, sino como un principio de diseño.
Pero se necesita más.
Adoptar las redes sociales y la IA como infraestructura estratégica
Si los bancos centrales quieren llegar a un público diverso y fragmentado, deben encontrarse con las personas donde están: en Internet. Las redes sociales no son solo un canal de comunicación, sino un espacio para el diálogo, un circuito de retroalimentación y un campo de batalla para la reputación. Si se utilizan bien, pueden democratizar el acceso al conocimiento monetario. Si se utilizan mal, o se ignoran, permiten que la confusión y la desinformación se agraven.
Algunos bancos centrales, como el Banco de la Reserva Federal de St. Louis, han sido pioneros en el uso de las redes sociales, utilizando hilos de Twitter para explicar las tendencias económicas con gráficos, analogías e incluso humor. El Banco Central Europeo (BCE) organiza sesiones de preguntas y respuestas en directo y publica vídeos explicativos. Otros bancos centrales también están adoptando un modelo de participación dialógico. El Banco de Indonesia, por ejemplo, ha enviado más de 40 000 tuits desde que se unió a Twitter y responde con frecuencia a los comentarios y consultas de los usuarios. El Banco de Francia utiliza las redes sociales para compartir materiales de educación financiera, explicar la evolución monetaria y solicitar comentarios. El Banco Central de Brasil publica actualizaciones en tiempo real, consejos de educación financiera y explicaciones sobre políticas, y supervisa activamente las respuestas para dar forma al contenido futuro.
Estas plataformas no son solo canales de distribución, sino espacios de interacción pública. Al interactuar directamente con los ciudadanos, estos bancos centrales están cultivando una imagen más transparente, receptiva y cercana. También están estableciendo un circuito de retroalimentación, en el que las preguntas y opiniones expresadas en línea pueden servir de base para que las autoridades monetarias perfeccionen y orienten sus estrategias de comunicación.
Sin embargo, se puede hacer aún más. Plataformas como Instagram, YouTube Shorts y TikTok, a menudo descartadas por considerarlas triviales, ofrecen poderosos vehículos para comunicar ideas complejas de forma digerible, especialmente a las generaciones más jóvenes. Para aprovechar estas herramientas de forma responsable, los bancos centrales deben invertir en equipos de comunicación digital especializados que combinen conocimientos económicos con diseño, alfabetización mediática y ciencias del comportamiento. Deben experimentar con diferentes formatos: explicaciones de 60 segundos sobre la inflación, infografías sobre las decisiones de tipos de interés, información sobre lo que ocurre entre bastidores en las reuniones sobre política monetaria. Es fundamental que traten estos canales no como megáfonos, sino como oportunidades para la interacción bidireccional.
La inteligencia artificial puede ampliar esta visión. Se podrían implementar chatbots basados en IA y entrenados con publicaciones de los bancos centrales en sitios web o incluso en plataformas de redes sociales para responder a las consultas del público en tiempo real, traduciendo los mensajes sobre políticas en términos sencillos. Los modelos de aprendizaje automático pueden supervisar las tendencias de opinión y desinformación, lo que ayuda a los equipos de comunicación a adaptar rápidamente su estrategia. Las herramientas de IA generativa pueden localizar o personalizar el contenido, adaptando los mensajes a diferentes niveles educativos o preocupaciones regionales.
Por ejemplo, en un país plurilingüe, el banco central podría utilizar la IA para generar explicaciones sencillas en los distintos idiomas o dialectos locales, o producir explicaciones personalizadas de los hechos y políticas económicas para los propietarios de pequeñas empresas en diferentes provincias.
El uso ético de la IA debe guiarse por la transparencia y la confianza pública. La IA debe utilizarse para complementar, y no sustituir, la comunicación humana. Pero el potencial de escala, capacidad de respuesta e inclusividad es inmenso.
Replantearse el ciclo de vida de la comunicación
Hay margen para la innovación institucional. Los mensajes deben segmentarse, con canales distintos para analistas financieros, hogares, educadores e incluso estudiantes más jóvenes. Los bancos centrales deben integrar el diseño de la comunicación en el propio ciclo de políticas. En lugar de redactar comunicados después de tomar las decisiones, los profesionales de la comunicación deben participar desde el principio, ayudando a los responsables políticos a definir no solo qué decir, sino cómo decirlo. Al igual que en la publicidad y la salud pública, el mensajero es importante.
Además, las comunicaciones deben someterse a pruebas de comportamiento antes de su publicación, al igual que las campañas dirigidas a los consumidores. Las herramientas de la economía conductual y la lingüística cognitiva pueden ayudar a optimizar la claridad, la memorabilidad y la relevancia emocional. El BCE ya ha comenzado a experimentar con métricas de legibilidad y también ha destacado la importancia de «escuchar» como una característica habitual de su estrategia de comunicación, lo que indica su compromiso con la interacción bidireccional con el público. Esto podría evolucionar hacia el uso habitual de grupos focales públicos y herramientas digitales de retroalimentación. Los «consejos de comprensión pública» internos podrían revisar todos los mensajes para garantizar su accesibilidad, respaldados por datos de interacción en tiempo real.
En lugar de limitarse a publicar proyecciones, los bancos centrales deberían narrar escenarios. El Banco de Inglaterra está avanzando en esta dirección. La gente recuerda las historias, no los gráficos. ¿Qué podría pasar si la inflación sigue aumentando? ¿Y si los tipos se mantienen sin cambios? ¿Hacia dónde intenta dirigir la economía el banco central y por qué? Contar historias permite a los responsables políticos expresar la incertidumbre sin socavar su credibilidad; humaniza la política.
Hacer que la comprensión sea medible
El éxito de la comunicación también debe medirse. Los bancos centrales evalúan habitualmente su impacto en los mercados financieros utilizando las expectativas de tipos de interés, los movimientos de los precios de los activos y las primas de plazo. Pero rara vez evalúan la comprensión del público. Las evaluaciones del impacto de la comunicación (CIA) deberían institucionalizarse, basándose en encuestas, análisis de opiniones y auditorías de los medios de comunicación. Estas herramientas ya existen en el sector privado; los bancos centrales deberían adaptarlas para supervisar los efectos públicos de su herramienta más importante: su voz.
Más allá de la medición, hay argumentos a favor de la rendición de cuentas sobre el rendimiento. Los bancos centrales que se enorgullecen de sus objetivos de inflación y su transparencia fiscal deberían informar sobre la claridad y el alcance de sus mensajes. Las auditorías anuales de comunicación, publicadas junto con los informes de política monetaria, indicarían que la comprensión del público no es solo un medio para alcanzar un fin, sino un objetivo en sí mismo.
Complementariedad estratégica y función social de la comunicación
También hay una razón macroeconómica más profunda. La política monetaria funciona a través de la complementariedad estratégica: las respuestas de los individuos dependen de lo que creen que harán los demás. Por lo tanto, los anuncios de política monetaria requieren un conocimiento común. Si las personas no están seguras de si los demás han entendido la señal, pueden dudar en ajustar su comportamiento, incluso si ustedes mismos la han entendido. La falta de comunicación fragmenta así las expectativas, lo que resta eficacia a la política monetaria.
Además, en sociedades con una confianza institucional en declive, los bancos centrales se encuentran entre los últimos bastiones de la credibilidad tecnocrática. Sus comunicaciones deben estar a la altura de esta responsabilidad. Una comunicación clara, accesible y sensible al contexto no es solo una cuestión de eficiencia, sino también de legitimidad. La capacidad de explicar por qué se toman las decisiones políticas, en términos que la gente pueda comprender, es lo que afianza la aceptación social.
Un nuevo pacto con el público
Al entrar en una era definida por la inseguridad económica, la desinformación digital y una mayor polarización social, los bancos centrales deben replantearse su función comunicativa. No pueden dar por sentado que hablar más conducirá a mejores resultados. Deben pensar como educadores, científicos del comportamiento y narradores. Deben escuchar además de hablar, probar además de contar y diseñar además de decidir.
La credibilidad de la política monetaria depende cada vez más no de lo que hacen los bancos centrales, sino de si el público entiende lo que quieren decir. La comprensión es la nueva transparencia. Y en la economía de las expectativas, puede que sea el instrumento político más importante de todos.
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